La tranquilidad de la noche se ve
interrumpida por las ocho campanadas del reloj situado junto a la chimenea en
la sala contigua. Es viernes; Mystique disfruta del éxtasis de un día
importante, hoy asistirá a su primer aquelarre. La emoción invade su cuerpo,
provocando un excitante escalofrío que la recorre sin control. Sus pupilas
están dilatadas, ya que acaba de untarse con el agua verdinegra obtenida del
sapo que celosamente cuida.
Su amiga Evanora la espera en la entrada
del bosque, así lo acordaron la noche anterior. De un salto, sale de la cama,
agarra la frazada de seda que tiene al pie y corre hacia el bosque. El vestido
holgado color café, que lleva sin ropa interior, juega con el viento al ritmo
de sus largos y dorados cabellos. A lo lejos, una silueta se asoma en la
oscuridad del bosque.
—¿Evanora, eres tú?— De un salto, Evanora
sale de la penumbra y se tira a los brazos de Mystique.
Dando vueltas con singular alegría, se
adentran en el bosque. La luz resplandeciente de la enorme fogata se distingue
entre los árboles en la densa oscuridad. Como un susurro a lo lejos, se escucha
una música de tambores, y la luna llena da el toque final a tan esperada
reunión. Mystique corre ágilmente entre las veredas persiguiendo el fuego;
pronto estará en el círculo del aquelarre.
Mientras corren para reunirse alrededor de
la hoguera, comienzan a despojarse de su ropa. Son las 9 de la noche, la hora
de adorar a Lucifer. La mayoría de las personas cree que la hora de Lucifer es
después de medianoche, algunos otros que es a las 3 de la mañana. Solo las
brujas y brujos del mundo saben que la hora del aquelarre es a las 9 de la
noche.
Reunidos alrededor de la hoguera, postrados
de rodillas, los brujos de mayor rango comienzan a entregar sus ofrendas
mientras adoran y veneran a su amo. Mystique es una bruja nueva, así que tendrá
que esperar su turno para entregar su ofrenda y, después, recibir su tan
ansiada marca. En un trance frenético, brujos y brujas danzan desnudos,
entonando alabanzas mientras se entregan al fervor de la ceremonia.
Al término de las ofrendas, comienza la
misa negra. Mystique, ensimismada, escucha cada uno de los consejos y promesas
de Lucifer. La misa ha terminado, todos están extasiados de poder y deseo; los
cuerpos bajo la luz del fuego intensifican su belleza. Acto seguido, brujos y
brujas se entregan unos a otros con desenfreno, fundiéndose en un torbellino de
placer sin distinción de género.
Los cuerpos entrelazados se funden en el
placer puramente carnal; mujeres con mujeres, hombres con hombres, tríos,
cuartetos, en un momento no se sabe de dónde viene tanto placer. Extasiados en
el piso, una vez más ha finalizado el tan ansiado tributo.
Al día siguiente, se escuchan a lo lejos
las campanas de la iglesia que anuncian la hora de misa. Mystique abre los ojos
con desgano, pero la intensidad de la luz solar la obliga a cerrarlos otra vez,
como si el mundo aún no estuviera listo para recibirla. Después de unos
segundos, se incorpora en la cama, aún con el peso del día anterior en el
cuerpo. Se levanta, se ducha con agua tibia y se prepara para ir al mercado
local, donde la rutina cotidiana contrasta con la oscuridad del aquelarre.
Mystique es una joven de belleza
arrebatadora. Su cabello dorado y rizado cae con suavidad sobre los hombros. Sus
labios color durazno guardan la promesa de un deseo apenas susurrado. La
silueta bien formada se adivina bajo su ropa, y sus ojos color avellana
reflejan una luz hipnótica que atrapa tanto a hombres como a mujeres. Donde sea
que esté, basta una mirada para que despierte deseo, curiosidad o ambas.
Desde que entró en la pubertad, las curvas
de su cuerpo florecieron como un botón de rosa. Su belleza comenzó a brotar de
una manera apresurada, pero dulce a la vez: una mezcla de lujuria y delicadeza
que la convierte en una de las mujeres más deseadas de su localidad.
En su casa viven solo mujeres: su mamá y su
hermana mayor. Su papá murió de una enfermedad terminal cuando ella era muy
pequeña, desde entonces las tres han trabajado para traer el pan a la mesa.
Aunque nunca asistió a la escuela, siempre creyó que su inteligencia innata le
había abierto todas las puertas.
Pero hace apenas unas semanas, algo empezó
a cambiar. Pequeños detalles, casi imperceptibles, comenzaron a revelarse ante
sus ojos, susurrando que no todo era lo que parecía.
Era como si una sombra secreta la
envolviera, susurrándole verdades ocultas, separándola de los demás. Un poder
desconocido, un misterio enterrado en lo más profundo de su ser, que aún no
estaba lista para enfrentar.
Un ejemplo claro ocurrió un par de meses
atrás: su madre se quejaba de un fuerte dolor en el estómago. Mientras
regresaba a casa, una planta al borde del camino llamó su atención, como si le
susurrara al pasar. Se detuvo, inclinó la cabeza con curiosidad, y tras
observarla por unos segundos, la arrancó desde la raíz. Algo en su interior le
decía que debía llevársela.
Al llegar a casa limpió la planta, la
maceró en un mortero y la colocó en agua hirviendo. Cuando tuvo la infusión
lista, se la llevó a su madre, que estaba en cama. Unas horas después, su mamá
preparaba la cena y atendía sus tareas domésticas. Antes no se había percatado
de esa planta, era la primera vez que sentía esa urgencia de preparar una
bebida sanadora, escuchó el llamado y se dejó llevar.
En las noches de luna nueva sentía una
energía regeneradora, una vitalidad que la incitaba a hacer cosas. Otras
experiencias más le han sucedido… una tarde, mientras estaba en el mercado
local, ocupada en sus compras, escuchó una voz, como un murmullo a lo lejos. A
esa voz se sumó otra, y otra más, hasta que en segundos podía escuchar a todas
las personas a su alrededor.
Era la mente de todos hablándole a la vez.
Al principio pensó que estaba alucinando, pero después de unos minutos tuvo que
aceptar la realidad: no escuchaba voces, sino pensamientos. ¿Qué me está
pasando? Corrió despavorida por el camino; las voces no cesaban, rebotaban en
su cabeza como una pelota de tenis en una final de campeonato.
De pronto se encontró tirada en el piso con
un fuerte dolor en la cadera, había chocado con alguien. —¿Mystique, todo
bien?— Evanora, tirada en el piso, trataba de hablarle, o al menos eso creía,
veía cómo sus labios se movían, pero el ruido en su cabeza era tan fuerte que
no podía concentrarse en sus palabras. Evanora la sacudió con fuerza; Mystique
estalló en llanto. —¡Nada está bien! No entiendo qué me está pasando.
Se ayudaron a ponerse de pie y caminaban
lentamente por la acera, tomadas del brazo. Al llegar al parque junto a la
iglesia, se sentaron. —Cuéntame, ¿qué sucede?— preguntó Evanora. Sollozando,
Mystique le contó lo que había pasado. —¿Sigues escuchando las voces? —Sí, aun
las escucho— respondió. Se abrazaron fraternalmente; Evanora limpió las
lágrimas con sus delicados dedos y se animó a hacer una confesión: —Nada malo
te pasa, tus poderes se están manifestando. —¿Poderes? —Así es, somos brujas
—dijo Evanora, con una sonrisa que iluminó su bello rostro. —¿Brujas? Creí que
eran historias inventadas para obligarnos a ser buenas personas.
El sol se ocultaba en el horizonte cuando
terminaron de hablar. Aunque ambas estaban tranquilas, llevaban consigo un
torbellino de preguntas. Cada una se encaminó a su hogar, envuelta en
pensamientos.
Mystique, ya recostada en su cama, sentía
cómo su mente giraba sin descanso. La locura, la desesperación y el vacío
amenazaban con arrastrarla. Pero poco a poco, una fuerza desconocida y pujante
comenzó a tomar el control. Era poder, un poder liberado que disipaba el miedo.
La aceptación de lo que era, de formar parte de algo más grande que ella misma,
terminó siendo más fuerte que cualquier temor.
Con el paso de los días, las voces
comenzaron a dar sentido en su cabeza, reconocía cada una y de dónde venían.
También comenzó a ser consciente de otros poderes. Una mañana, encerrada en su
casa por una lluvia torrencial, deseó que fuera un día soleado para caminar por
el bosque; de inmediato la lluvia cesó y el sol brilló sobre los charcos en la
calle.
—Bella coincidencia— pensó, y con una risa
curiosa deseó que cayera granizo; acto seguido, las calles quedaron cubiertas
de bolas de granizo. La risa se convirtió en carcajadas de felicidad y
satisfacción. Deseó que saliera el sol, y corrió a casa de su amiga para
contarle.
Día a día descubría sus poderes, aprendía a
usarlos, y claro, comenzó a sacar ventaja. Todo iba bien para Mystique, aunque
la vida para las brujas no es más simple que para los humanos. Una tarde,
mientras recolectaba plantas para sus pociones, se sobresaltó al aparecer de la
nada una mujer hermosa de cabello y piel oscura; labios carmesíes; silueta
encantadora; ojos negros y mirada penetrante. Se movía como una pantera
vigilando sigilosamente a su presa.
—¿Mystique? He escuchado mucho de ti últimamente—
dijo la mujer. La curiosidad de Mystique fue mayor que su instinto de
permanecer oculta. —Soy Marie— continuó ella; su voz era serena e hipnotizante,
sus movimientos hechizantes, su presencia abrumadora. Con voz nerviosa y
entrecortada Mystique aceptó el saludo: —¿Qué deseas? —Por ahora nada, ya
tendrás noticias de mí— dijo Marie. De la misma manera en que apareció, se
esfumó en el aire.
Por unos minutos quedó paralizada, no
conocía a esa mujer; el interés que mostró en conocerla la apesadumbró. Ideas
llegaban a su mente como relámpagos en una tormenta eléctrica. Seguro es una
bruja igual que yo, pensó, tratando de hacer memoria de todas las brujas que
había visto en aquelarres; no, ninguna es ella. Tenía la certeza de que no
había dañado a nadie con sus pociones y hechizos, y un sentimiento de
tranquilidad calentó su cuerpo.
Había escuchado historias de guerras entre
brujas, pero eso no era una posibilidad. ¿Por qué alguien querría enfrentarse
conmigo? Apenas había descubierto sus poderes, hechizos, pociones y la manera
de usar el poder de leer la mente; no era algo tan grande para llamar la
atención de una bruja mayor. A pesar de no haber visto antes a Marie, los
breves momentos juntos le bastaron para sentir el inmenso poder que emanaba de
ella.
Con los días, Mystique comenzó a entender
la magnitud de su poder. Una mañana mientras se encontraba en el bosque bajo la
guía de Evanora, decidió probar si podía mover un tronco con la mente.
—¿Confías en mí, Mystique? —Con mi vida —respondió ella. —¿Ves ese tronco
tirado al otro lado del camino? —Sí. —Perfecto. Ahora trata de moverlo. —¿Huh?
No entiendo —dijo, incrédula. —Claro que entiendes, solo concéntrate y piensa
hacia dónde quieres que se mueva. Con la mano le indicó que guiara el tronco.
La mano le temblaba al levantarse y apuntar
al leño; de forma tímida, agitó levemente la mano hacia la izquierda. Sin más,
el tronco se elevó y cayó a ese lado. Ambas se carcajearon emocionadas. —¡Hazlo
de nuevo! —con más confianza agitó la mano hacia la derecha, y el tronco se
estrelló contra los árboles al otro lado, destrozándose.
—Ahora entiendo por qué vino Marie —dijo
Evanora, todavía agitada.
—¿Por qué? —preguntó Mystique, sin dejar de
mirar el tronco destrozado.
—Porque debió sentir el poder que estaba
naciendo por aquí. Algo tan fuerte no pasa desapercibido para una bruja como
ella.
—¿Y me buscó a mí?
—No al principio. Seguro fue siguiendo la
pista, hasta toparse contigo. Ahora ya sabe quién eres… y lo que puedes hacer.
Quizá incluso lo supo antes de que tú misma lo entendieras.
La diversión y emoción dieron paso a un
silencio sepulcral. Ambas comenzaron a caminar hacia sus hogares, y Mystique
comprendió el peligro al que se enfrentaba. Gracias a su belleza y carácter
cálido, había hecho “amistades” de todo tipo en los aquelarres. —Mañana hablaré
con ellos para que me den consejo y me preparen para lo que viene —pensó.
Al día siguiente, en el festín posterior al
aquelarre, Mystique y Evanora reunieron a los brujos que consideraban útiles
para lo que se aproximaba. Explicaron lo sucedido, el encuentro con Marie y los
nuevos poderes de Mystique, y pidieron consejo.
Todos los presentes se miraron con
preocupación y perplejidad. Conocían a Marie, sabían de su poder y de lo que
haría si creía que Mystique era una amenaza. Tras unos minutos que parecieron
horas, uno de los brujos de mayor rango habló: —Lo único que podemos hacer es
ayudarte a entender tus poderes y enseñarte a sacarles provecho, porque si ella
te considera una amenaza, vendrá por ti.
Aceptar fue la única opción. Salieron del
bosque con incertidumbre, pero con la esperanza de que todo saldría bien. La
juventud y el conocimiento de sus poderes le daban seguridad para enfrentar lo
que viniera.
Esa semana se dedicó a practicar hechizos,
pociones y ataques enseñados. Practicaba en el bosque con Evanora sin descanso,
pasando madrugadas estudiando, leyendo y practicando hasta el amanecer. Se
cuidaba de que no la espiaran, pues le advirtieron que Marie podría enviar
animales o criaturas del bosque para vigilarla.
A pesar de la tensión, Mystique estaba
extasiada con lo que aprendía. Una mañana soleada, cuando estaba lista para
levantarse, la puerta fue azotada y un remolino majestuoso hizo aparecer a
Marie a un lado de su cama.
—La hora ha llegado —dijo Marie, con una
calma inquietante—.
Ambas sabemos que, al final de esta pelea,
solo una quedará en pie.
Estoy convencida de que seré yo…
Lo que no imaginé fue encontrarte con
tantas ganas de vivir, con ese entusiasmo... y con un poder tan inmenso
creciendo dentro de ti.
De un salto Mystique bajó de la cama, y al
tocar el piso descalzo se escuchó un estruendo que anunció el comienzo de la batalla.
Llamas azul brillante salían del suelo donde pisaba.
Evanora corrió desesperada al encuentro,
sabiendo lo que venía, y solo deseaba estar junto a su amiga. Sabía que no
podía intervenir en la pelea y que su poder no se acercaba al de Mystique, pero
eligió estar a su lado.
Recordemos que Marie no es una bruja común,
es la bruja mayor de la nigromancia, una magia negra peligrosa que incluye
invocar espíritus y resucitar muertos. Mystique, que practica magia blanca, no conocía
el alcance de la hechicería de Marie.
Marie empezó a susurrar palabras hipnóticas
que invocaban la fuerza de los muertos:
«Colpriziana, offina alta nestra, fuaro
menut, yo nombro Shioxir The Mute el muerto que busco, Shioxir The Mute tú eres
el muerto que busco. Espíritu de Shioxir The Mute fallecido, ahora puedes
acercarte a esta puerta y responder verdaderamente a mi llamado. ¡Berald, Beroald,
Balbin, Gab, Gabor, Agaba! Levántate, te nombro y te llamo.»
Un agujero se abrió frente a sus ojos y de
él emergió Shioxir, un ser lúgubre, deforme, con pocos cabellos, dientes
podridos y ojos blancos y brillantes. Su aspecto lúgubre impresionó a Mystique,
quien dio dos pasos atrás, invadida por el temor y dudas.
De repente, Evanora entró sudando y con
respiración agitada. Al mirar a Mystique, le recordó quién era. Un calor
electrizante recorrió su cuerpo y recuperó su cordura; con paso firme se acercó
a Shioxir.
La contienda había comenzado. Mystique usó
uno de los cinco elementos y atacó con fuego a Shioxir. A pesar de ser un
muerto viviente, el olor a piel quemándose era nauseabundo, y los gritos
estremecían a Evanora. Shioxir, envuelto en llamas, lanzó a Mystique contra la
pared, quien cayó sobre la cama.
Con un movimiento de manos, Mystique arrojó
a Shioxir por la ventana y corrió tras él al bosque cercano, seguida por
Evanora. Cuando Mystique creyó tenerlo bajo control, Marie lanzó un conjuro que
hizo que raíces y ramas la rodearan e inmovilizaran.
Shioxir se abalanzó sobre Mystique y
comenzó a absorber su fuerza vital. Evanora, a la distancia, vio con horror
cómo un aire denso y brillante salía del cuerpo de su amiga, directo hacia el
ser putrefacto, que lo bebía con desesperación.
Mientras esto ocurría, Marie permanecía
extasiada, embriagada por el poder que ejercía sobre Mystique. No notó lo que
sucedía a su alrededor… ni que estaba siendo rodeada.
En un arranque de valentía, Evanora corrió
hacia Marie, decidida a interrumpir el ataque. Pero Shioxir, con reflejos
sobrenaturales, se volvió hacia ella y la estrelló contra un árbol. Su cuerpo
inerte cayó sobre el mohoso sendero del bosque. Sin perder tiempo, el muerto
viviente se abalanzó sobre Evanora y comenzó también a absorber su energía
vital, ignorando todo lo demás, perdido en su propio trance de placer oscuro.
De repente, con el último aliento, de los
labios de Mystique brotó una sonrisa. Su rostro pálido se tornó dramático y
terrorífico, iluminado por una sonrisa fúnebre que se transformó en carcajada,
rompiendo el silencio del bosque.
Marie salió de su trance solo para
descubrir que estaba acorralada por los brujos del aquelarre al que Mystique
pertenecía.
Marie, cegada por su orgullo y poder, no
vio que era una trampa. Los brujos la rodeaban con un círculo que anulaba sus
poderes, y Shioxir fue tragado por un abismo oscuro, liberando a Evanora.
Evanora saltó al círculo de poder que
encerraba a Marie. Aunque está prohibido intervenir en la pelea entre brujas,
su único propósito era mantener a Marie dentro del círculo para que la pelea
fuera justa.
Mystique, llena de sangre y con la ropa
desgarrada, se incorporó para continuar la pelea. Su rostro desfigurado parecía
salido de una pintura de Picasso, enmarcado por su tétrica sonrisa.
El rostro de Marie palideció y su belleza
se tornó en terror. Mystique estaba extasiada de poder y sed de venganza. De
cada rincón del bosque emergieron destellos de energía que cubrieron su cuerpo
con un halo cegador.
Marie, desde dentro del círculo, lanzó una
poderosa energía contra Mystique. Sin embargo, el hechizo se desvaneció en
cuanto tocó los destellos de luz que la rodeaban, disipándose en una brisa
suave y silenciosa.
Furiosa, Marie comenzó a recitar con
desesperación un hechizo para inmovilizar a Mystique:
—Meus animus tuum
dominatur... Meus animus tuum dominatur...
Una y otra vez lo repitió, ensimismada, sin
notar que, al unísono, los brujos del aquelarre entonaban un conjuro de protección:
—Repellendum malum minatur, ut nobis...
Repellendum malum minatur, ut nobis...
El eco del hechizo retumbaba en el bosque.
Mientras Marie permaneciera dentro del círculo, todos sus conjuros eran
anulados. En un intento desesperado, trató de huir, pero fue rechazada
violentamente hacia el centro, cayendo a los pies de Mystique.
La luz brillante que envolvía a Mystique
impedía a Marie distinguir su rostro, pero alcanzó a ver su sonrisa torcida, la
expresión de un triunfo absoluto.
Entonces, Mystique levantó su mano y
comenzó a repetir con firmeza:
—Confringir... Confringir... Confringir...
El conjuro retumbaba como un martilleo en
los oídos de Marie. En un instante, su cuerpo explotó, despedazándose en mil
fragmentos que se dispersaron dentro del círculo. Mystique quedó cubierta de
sangre y restos de la gran bruja Marie.
Aun sabiendo que no bastaba, Mystique se
incorporó lentamente. Debía asegurarse de que Marie no pudiera reconstruirse.
Sin dudar, pronunció el hechizo final:
—¡Ignis! ¡Ignis! ¡Ignis! ¡Ignis!
Las llamas consumieron por completo cada
resto del cuerpo de Marie, hasta que no quedó nada más que cenizas dispersas
por el viento.
Mystique se desmayó cayendo al suelo con
una gracia poética. En ese instante, Evanora abandonó el círculo de los brujos
para correr a su lado. Se arrodilló junto a ella y, con ternura, colocó el
torso de Mystique sobre su pecho. Mystique seguía desfallecida; Evanora lloraba
y con gritos llenos de desesperanza vociferaba: ¡No me dejes!, ¡no puedes
dejarme!, ¡no te permito que me abandones!
Las lágrimas caían sobre el rostro
ensangrentado de Mystique, hasta que, de pronto, sus ojos comenzaron a abrirse
poco a poco. Una tierna sonrisa se dibujó en su rostro pálido. Evanora la
abrazó con fuerza, y el color y el calor comenzaron a volver al cuerpo de su
amiga.
—¡Lo lograste! —decía emocionada Evanora,
mientras un murmullo comenzaba a alzarse a su alrededor.
Ambas alzaron el rostro: los brujos del
aquelarre proclamaban a Mystique como la nueva bruja mayor.
Con la victoria en sus manos, Mystique cayó
agotada, pero en paz, con la certeza de que su vida y su poder apenas
comenzaban a florecer.