Friday, February 27, 2026

La eternidad detrás del espejo

 

Eran las diez de la noche y me disponía a ir a dormir. La luz de la luna llena atravesaba mi ventana, y podía ver las estrellas con una claridad que llenaba de calidez mi corazón. 

Me acosté, y en cuanto apoyé la cabeza sobre la almohada, me quedé profundamente dormida. Entonces, la noche me habló con la voz de alguien que olvidé, y me llevó a un lugar donde podías tocar las nubes con solo alzar la mano.

El cielo era entre rosa y morado, un color que me envolvía con una tranquilidad inevitable. Los árboles caminaban, sus ramas largas repletas de pájaros que revoloteaban en círculos lentos. El césped era suave, como la cobija que tenía cuando era pequeña.

Las flores brillaban con colores que jamás había visto. Los ríos, de agua cristalina, cantaban al ritmo de los peces que se dejaban llevar por la corriente. Y en la cima de la montaña, un enorme castillo, con torres altísimas, resplandecía con tonos imposibles.

Corrí por el sendero. La enorme puerta de madera, tallada con delicadeza, se abrió sola. La voz... la voz se escuchaba más fuerte.

Subí, subí, subí las escaleras de mármol en forma de caracol… la escalera parecía no tener fin, pero la voz me empujaba hacia arriba. Cada paso hacía vibrar algo en mí. Al llegar al final del pasillo, vi una puerta abierta: la habitación me llamaba.

Sigilosamente me acerqué. La voz me dijo:

—Pasa, Erika. Te he estado esperando.

Una mueca de asombro. Una lágrima de memoria. Un latido que no había sentido en años.

Lentamente, me adentré a la habitación.

En el centro había un espejo. Hermoso. Un marco de oro, piedras preciosas incrustadas como si fuesen lágrimas de galaxia.

Y entonces la vi. Era ella. Siempre había sido ella.

La persona que más me amó en mi vida.

Quien me enseñó que la vida es mucho más que sobrevivir.

Sus ojos eran los mismos, pero en ellos habitaban siglos que yo no recordaba haber vivido.

Se veía tal como la recordaba: su cabello largo y negro, sus ojos alegres y llenos de sabiduría, sus dientes blancos como perlas, y esa ternura que siempre la caracterizó en vida.

El corazón se me apachurró al verla frente a mí y no poder abrazarla.

Entonces, unas hadas hermosas aparecieron a mi lado. Llevaban paños de seda de colores y, con manos suaves, limpiaron mis lágrimas.

—Tranquila, mi hermosa sobrina —me dijo ella—.

El tiempo llegará en que podamos estar juntas, detrás del espejo, y nos abrazaremos como lo hacíamos cuando eras una niña. Cuando llegue ese momento, no volveremos a separarnos.

Solo quería verte para decirte que lo has hecho bien.

Es hora de quitar de tu mente esos pensamientos de culpa, de soltar esa idea de que no has sido suficiente.

Necesito que sepas que siempre te veo, y que me siento muy orgullosa de ti.

Aún te falta mucho por hacer, mucho amor por dar… y yo estaré esperándote.

Tenemos toda la eternidad para reunirnos de nuevo.

Ahora sigue durmiendo, y mañana despierta con la certeza en tu corazón de que lo estás haciendo bien.

Te amé, te amo y te amaré por siempre.

Y entonces, el espejo brilló una vez más… y el castillo se desvaneció en una neblina dorada.

Me sentí liviana.

Seguí durmiendo.

Con el corazón un poco más lleno.

Thursday, July 31, 2025

Lo que se mueve también se sostiene


Si pudiera contar todas las veces que alguien me ha preguntado cuándo voy a "echar raíces", creo que no sabría ni cómo pronunciar ese número. La mayoría de las personas tiene una idea muy rígida de lo que eso significa, y —sin darse cuenta— esperan que los demás encajen en moldes que no eligieron.

¿Y si te dijera que el 6 de octubre de 1974 movieron un edificio entero en Bogotá? Puede sonar increíble, pero es real. El edificio Cudecom, de nueve pisos y 4,800 toneladas, estaba destinado a ser demolido. Sin embargo, al encontrarse en perfectas condiciones, el gobierno decidió trasladarlo. Con la ayuda de 400 personas, lograron lo que parecía imposible: mover un edificio entero sin destruirlo.

A veces pienso que somos como ese edificio. Podemos movernos, transformarnos, cambiar de ciudad o de vida… y aun así llevar nuestras raíces con nosotros. Porque las verdaderas raíces no siempre están en un sitio fijo, sino dentro de nosotros, en la armonía entre lo que deseamos y lo que hacemos para alcanzarlo.

Yo he aprendido que echar raíces no siempre significa quedarse quieta. A veces, echar raíces es tener el valor de moverse sin desarraigarte. Es construir hogar dentro de ti misma, saber quién eres aunque no sepas en qué coordenadas estás parada. 

Es encontrar estabilidad en el cambio, pertenencia en el movimiento y profundidad incluso cuando estás en tránsito.

Hay raíces que no se ven, pero sostienen igual.

Tal vez la clave no es dónde estás, sino qué te sostiene.


✍️ Nota de autora

Escribí esto después de una conversación incómoda sobre “asentarme”. Me di cuenta de que muchos entienden la vida como algo que se planta y se queda. Pero yo creo en el movimiento con sentido. En elegir y reelegirme. En crecer donde haya luz, incluso si esa luz cambia de lugar.

Friday, July 25, 2025

El tiempo: ese compañero silencioso

El tiempo es ese compañero silencioso que nos enseña sin palabras lo que valen los momentos. En la actualidad, llevamos una vida tan agitada que nos aleja del aquí y el ahora. La mayoría de las personas corre a todos lados, camina empujando en las calles o toca el claxon si alguien no maneja a la máxima velocidad. 

Siempre tarde a todas partes, como decía sin cesar el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas:

“No ves, no ves, ya son más de las tres, me voy, me voy, qué tal, adiós, me voy, me voy, me voy…”

¿Te has preguntado qué pasaría si te permites detenerte por un instante y tomar conciencia de tu respiración?

¿Acaso el mundo dejaría de girar? ¿El sol dejaría de salir? ¿Se detendría el mundo entero por ti?

A veces creemos que si desaceleramos, alguna tragedia va a suceder. Créeme: eso no va a pasar. El mundo seguirá su curso normalmente; la diferencia es que tú te sentirás mejor. Tendrás ese momento para disfrutar o agradecer tu café de la mañana… o, en todo caso, tu té matutino.

Dice el dicho que “santo que no es visto no es adorado”, sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que disfrutaste de los rayos del sol por la mañana? ¿Has observado a la luna esta semana? ¿Te has detenido a disfrutar del olor a tierra mojada después de llover?

Entonces ese dicho no es tan cierto, porque cada día, uno a uno, esos sucesos naturales ocurren… pero no los disfrutamos. Los damos por sentado, como se dice por ahí.

Hoy en día, la esperanza de vida para los seres humanos es de aproximadamente 78 años (podemos dar las gracias al COVID-19 por el impacto negativo que tuvo en su disminución a nivel mundial). Si comparamos esos 78 años con la eternidad, es apenas una diminuta fracción la que pasamos en este planeta al que llamamos Tierra.

Leí en un libro que si fuéramos realmente conscientes de que vamos a morir —porque sí, todos en determinado momento vamos para allá—, viviríamos la vida en momentos entrañables. Es decir, al salir del trabajo me compraría esa flor que tanto me gusta para colocarla al lado de mi cama. Abrazaría más a mis hijos, nietos, amigos y demás seres queridos … y muchas otras cosas más.

Pondríamos el valor correcto a las cosas que importan. Al final, todo lo que poseemos es temporal; nada se irá con nosotros. Sin embargo, cuando ya no estemos en este plano, todas las bellas memorias que hayamos creado con las personas que amamos se quedarán con ellas por el resto de sus días. Y si las comparten con sus descendencias, esas memorias pueden perdurar en el tiempo.

Entiendo que plasmar esta idea es sencillo. Vivirla… ya es otra cosa.

Yo te reto a que hoy te detengas un momento en tu ajetreado día y hagas un acto de amor por ti o por alguien que te importe. Te aseguro que no pasará nada malo. Al contrario, tendrás un mejor día.

Recuerda que una persona feliz acepta que es parte de una comunidad y trabaja con ella y para ella, haciendo que el tiempo se transforme en momentos: en presente y en esencia.

Porque al final, eso es vivir:

Ser presencia para otros.
Ser refugio.
Ser historia compartida.

Y dejar que el tiempo —lejos de ser solo un reloj que avanza— se convierta en una colección de instantes que realmente valieron la pena.

Wednesday, July 16, 2025

Reírse de uno mismo


Hace aproximadamente quince años, me subí a un autobús en Barranca del Muerto. En ese entonces, ya había perdido la costumbre de moverme en transporte público. Llevaba unas zapatillas abiertas de diez centímetros de alto —sí, diez centímetros— y el chofer del autobús no tenía precisamente la conducción más delicada (lo sé, sorprendente tratándose del transporte público de la Ciudad de México, ¿verdad?).

En una esquina, de la nada, otro camión se atravesó y el chofer frenó bruscamente. Yo, por supuesto, salí volando. Bueno, no literalmente, pero sí terminé en el suelo del autobús, sin equilibrio, sin gracia, y con la dignidad rota en tacones.

Un calor me subió desde el pecho hasta la cara. Me quedé paralizada por unos segundos, deseando que me tragara el asiento más cercano. Algunas personas se apresuraron a levantarme, mientras yo, vestida y arreglada, roja como un jitomate, intentaba recuperar algo de compostura. En ese momento no me causó la más mínima gracia. Hoy, en cambio, me muero de risa solo de recordar la escena.

Con el tiempo he aprendido que hay dos formas de enfrentar estas situaciones vergonzosas: con bochorno... o con humor. Y cuando veo a alguien reírse de sí mismo, en lugar de hundirse en la incomodidad, me parece admirable.

¿Qué será mejor? ¿Avergonzarnos o burlarnos de nuestro infortunio?

¿Sabías que los seres humanos somos de las pocas especies que se ríen? La risa, además de ser contagiosa, tiene una función más profunda: alivia, desactiva tensiones, humaniza. Si logramos reírnos de lo que nos pasa, las personas a nuestro alrededor lo harán también, y esa situación incómoda desaparecerá más rápido de lo que creemos.

El filósofo John Morreall propone que hace miles de años, la risa era una respuesta satisfactoria luego de librarse de un peligro. Yo le agregaría: o de una vergüenza pública en un camión lleno de desconocidos.

Morreall también sugiere que reírnos puede implicar ejercer poder: quien provoca la risa, tiene cierto control sobre el grupo. Así que si somos capaces de reírnos de nosotros mismos, retomamos el control, dejamos de ser víctimas de la mirada ajena y nos convertimos en narradores de nuestra propia comedia.

Y lo mejor: la risa beneficia al cuerpo, al corazón y a la mente. Así que, la próxima vez que tropieces, digas algo fuera de lugar o termines en el suelo con tacones de diez centímetros, no te tomes tan en serio.

Búrlate de ti mismo. Al fin y al cabo, ¿Quién mejor que tú para reírse de tus propias historias?

Wednesday, July 9, 2025

Entre páginas y promesas


Mis páginas duermen bajo el peso de un candado, esperando que alguien vuelva a escuchar las voces que en ellas habitan.

El reloj marca las nueve de la noche. Una adolescente da las buenas noches a sus padres y hermanos, se retira a sus aposentos y, con extrema precaución, saca la libreta de pasta dura que con recelo resguarda debajo de su cama.

Toma la llave que cuelga de la cadena alrededor de su cuello, abre el candado y, con un profundo suspiro, toma el bolígrafo y comienza a escribir:

"¡Hoy fue un día maravilloso! Recibí mi primer beso. Fue mejor de lo que esperaba… un momento mágico."

Elizabeth era la menor de cuatro hermanos, la única mujer, por ello el diario con candado. Cada noche, antes de dormir, dedicaba una media hora a escribir lo que le había ocurrido en su día. A sus escasos catorce años tenía mucho que decir, pero nadie que escuchara. 

Algunas de sus entradas eran románticas, como su primer beso; otras, entusiastas, como cuando salió en el cuadro de honor; y algunas estaban marcadas por una profunda tristeza y desilusión.

Hoy nos introduciremos con sigilo en una de sus historias románticas: su primer amor. 

Siendo una adolescente, la única manera que conocía de amar era intensa y arrebatadora. Fidel fue su primer amor. Cada día lo buscaba entre la multitud a la entrada de la escuela.

Si la fortuna le sonreía, sus miradas se cruzaban con tierna complicidad entre los alborotados estudiantes que se dirigían a sus aulas. Si el destino se encaprichaba, tenían que esperar a la hora del receso para verse en el jardín.

Ambos corrían a su encuentro y, en la sombra de un suntuoso árbol, compartían los alimentos que sus madres les habían preparado. Entre pláticas, risas, miradas de complicidad y roces, pasaban lo que para ella eran los treinta minutos más esperados de su día.

Elizabeth se sentía enamorada, y sus pensamientos eran fieles al amor que aún no se habían profesado. Una tarde invernal, bajo el mismo árbol donde se veían cada día escolar, Fidel la miraba diferente: nervioso, tímido y un poco distraído.

—¿Todo bien? —preguntó.—Tengo que preguntarte algo... —respondió él.—Dime —contestó ella.

Con voz entrecortada por los nervios, le dijo:

—Sabes... todos los días, mi corazón se acelera cuando se acerca la hora de verte en el descanso. Mis manos sudan de los nervios y, de la nada, se dibuja una sonrisa en mi rostro al saber que el tiempo está cerca.

—A mí me pasa lo mismo —dijo ella—. Me tranquiliza saber que te sientes igual que yo…

—Liz... —la tomó de las manos— ¿te gustaría ser mi novia?

El tiempo se detuvo para ella. Su corazón estaba por salirse de su pecho enamorado, sus ojos se humedecieron un poco y, lanzándose a sus brazos, gritó:

—¡Sí! ¡Claro que quiero ser tu novia!

Ese día recibió su primer beso.

Con el paso de los días, todo iba de maravilla. Liz le escribía poemas de amor y él se las arreglaba para robar una rosa del jardín de sus vecinos y dársela cuando tenía oportunidad. Un amor de adolescentes lleno de esperanza y sueños.

Pero lo que Elizabeth no sabía era que Maribel albergaba una espina silenciosa: el deseo punzante de lo que ella tenía. Ninguno de los dos lo había notado, pero Maribel guardaba en silencio el amor que sentía por Fidel.

Una noche, Elizabeth enfermó y pasó toda la noche con temperatura, por lo que no pudo asistir a la escuela. Fidel la buscó ansiosamente a la hora de la entrada… y nada. Después, a la hora del descanso… y nada.

Sentado debajo del árbol donde siempre compartía con Elizabeth, una voz interrumpió sus pensamientos.

—Hola, Fidel —dijo Maribel.—Hola —contestó él.—¿Puedo sentarme contigo?—Adelante.

Maribel se sentó y Fidel no pudo evitar ver su encantadora belleza. Ella lo miró con una mirada coqueta y, entonces, él la besó.

Como era de esperarse, fue el tema de conversación de todos sus compañeros, ya que sabían perfectamente que era novio de Liz.

Al día siguiente, Liz se presentó a la escuela. Su mejor amiga, Gris, corrió a ella y, con voz agitada, le contó lo sucedido. Su primer sentimiento fue la negación. No podía creer que el amor de su vida la hubiera traicionado de tal manera.

Pero al final tuvo que aceptar que era cierto. Su tierno corazón se rompió en mil pedazos. La campana que anunciaba el inicio de las clases sonó a lo lejos y, sin poder llorar, se dirigió a su salón.

A la hora del descanso, como era lógico, Fidel la buscó. Intentaba explicar algo que para ella no tenía ninguna explicación. Lo dejó terminar de hablar y, sin decir una sola palabra, se alejó de él. Si había algo que Elizabeth jamás permitiría en su vida, era la deslealtad.

Y ese fue el día en que Elizabeth entendió el desamor… y a lo que se referían los adultos cuando hablaban de un corazón roto.

Muchos años después, mientras hacía limpieza, encontró una mochila vieja. Dentro de ella estaba su diario, Fue entonces cuando, como un susurro entre páginas, escuchó en su interior aquellas palabras…

"Soy el diario que el tiempo olvidó cerrar, un refugio de secretos y suspiros que aún laten en el silencio de una mochila vieja."

Friday, June 27, 2025

Eco en la línea: Cuando el pasado insiste en ser escuchado

 

Era noche de luna llena. La luz plateada se asomaba a través de la ventana y se posaba sobre las sábanas de algodón verde esmeralda de la cama de Laura, terapeuta de duelo. 

En medio del silencio espeso de la noche, el canto de los grillos parecía marcar el compás de algo que se acercaba... algo que no debía llegar. Las luciérnagas revoloteaban en el jardín, impacientes, como si esperaran una señal invisible.

De pronto, el estruendo del celular la sacó abruptamente del sueño. Laura se incorporó sobresaltada, desubicada, con la mente atrapada entre el sueño y la vigilia. Giró hacia el reloj despertador: 3:33 a. m. Un sinfín de pensamientos revoloteó en su cabeza.

¿Quién llamaría a esa hora?

Se le heló la sangre al imaginar que alguno de sus pacientes estuviera atravesando una crisis. Tomó el celular apresuradamente y respondió:

—¿Diga…?

Del otro lado de la línea, una voz entrecortada, agitada, sollozante:

—Hola... soy Adriana. No puedo seguir con esto. Duele demasiado... siento que no podré llegar a la próxima sesión... ya no aguanto más... quiero que esto pare...

Y entonces, un susurro apenas audible: —Adiós...

—¿Adriana? ¡No cuelgues! Dime dónde estás, voy a ir contigo, podemos encontrar una solución. Escucha, es…

El bip interrumpió su intento. La llamada había terminado.

Laura se quedó inmóvil, el celular aún en la mano. Su mente repasaba una y otra vez los nombres de sus pacientes actuales. Ninguna Adriana.

Intentó devolver la llamada, pero la operadora le respondió:

—El número que usted marcó no existe. Favor de verificarlo.

Volvió a marcar. Misma respuesta.

¿Había sido un sueño? ¿O su mente le estaba jugando una mala pasada, disfrazando el insomnio con voces que no existían?

Revisó el historial de llamadas. Ahí estaban: una llamada entrante, y su intento fallido de devolución. Ambas con el mismo número. Un número que, según el sistema, no existía.

—Tal vez fue una broma —se dijo en voz baja, intentando tranquilizarse. Volvió a recostarse. Aunque cerró los ojos, el eco de esa voz no la abandonó. Finalmente, se quedó dormida.

A las 7:00 a. m., sonó la alarma. Laura se estiró para apagarla. Su cabeza retumbaba, y un zumbido sordo no la dejaba pensar con claridad. Bajó a la cocina y encendió la cafetera.

—Necesito un café doble —murmuró, suspirando.

Mientras el café se preparaba, subió a ducharse. Frente al espejo, mientras se aplicaba el maquillaje, la voz de la llamada volvió a colarse en su memoria. Aún no tenía idea de quién podría ser esa mujer.

Se vistió con su habitual elegancia discreta: una falda tipo lápiz color vino, blusa de seda palo de rosa y zapatillas a juego. Bajó, sirvió café en su termo, tomó su laptop, bolso y abrigo, y salió rumbo al consultorio.

—Será un día pesado —dijo con resignación mientras encendía el auto.

Ya en el consultorio, revisó su base de datos de pacientes. Confirmado: ninguna Adriana. Ni en sesiones actuales, ni en las canceladas. Abrió Google y escribió el número que había quedado registrado en su celular.

La búsqueda arrojó un nombre: Adriana Valderrama.

Abrió otra pestaña e ingresó el nombre. Aparecieron redes sociales asociadas. Comenzó a revisar los perfiles. La intriga crecía.

Un golpe en la puerta la sacó de golpe de su concentración.

—Disculpe, su primer paciente ha llegado —dijo Gaby, su asistente.

—Gracias, pásame su expediente y hazla pasar, por favor.

El día transcurrió entre paciente y paciente. Ya en la hora del almuerzo, Laura fue a la cocina donde se encontró con Stephany, su colega.

—Hola, Lau. ¿Qué tal tu mañana?

—Agotadora —respondió con un suspiro.

Charlaron un rato sobre los casos, las emociones acumuladas, la rutina. Después del café, Laura se excusó y volvió a su oficina.

Volvió a sumergirse en las redes sociales de Adriana. Bingo: encontró una dirección.

Un dilema ético retumbaba en su cabeza: ¿Debía ir a buscarla y descubrir qué estaba pasando? ¿O debía dejarlo pasar y volver a su rutina diaria?

Antes de decidir, el teléfono volvió a sonar. Otro paciente esperaba.

Al terminar el día, Laura decidió ir a la dirección que había encontrado en las redes de Adriana. Al llegar, descubrió que la casa estaba vacía, tal vez abandonada desde hacía meses. Sin embargo, algo no cuadraba: sobre una mesa en la sala había una taza con café aún tibio, una nota a medio escribir, una grabadora encendida... y una foto familiar enmarcada.

En ella, una mujer aparecía de espaldas. Laura sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Esa silueta... se parecía demasiado a ella.

La piel se le erizó. Confundida y con el pulso acelerado, subió lentamente por las escaleras, empujada por algo que no comprendía. Una fuerza interna la impulsaba a avanzar, incluso cuando cada fibra de su cuerpo le suplicaba que se diera la vuelta.

Entró a un cuarto que le pareció escandalosamente familiar.

Junto a la cama, sobre el buró, descansaba una libreta cubierta de polvo. La tomó con manos temblorosas, sopló la superficie y, con lentitud, la abrió. Algo en su interior gritaba que huyera, pero sus dedos no le obedecían.

Apenas leyó las primeras palabras, un grito ahogado escapó de su garganta. El corazón se le disparó. El nudo en el estómago la obligó a vomitar. Soltó la libreta de golpe.

La letra... era idéntica a la suya.

Miró a su alrededor con desesperación, esperando encontrar a alguien, algo, una explicación lógica. Pero solo el silencio la envolvía. El tiempo pareció detenerse.

Un ruido afuera la sacudió. Sin pensarlo, salió corriendo de la casa, dejando la libreta atrás.

Se subió al auto y condujo a casa de forma automática. No recordaba ni las calles, ni los semáforos. Al llegar, colgó el abrigo, dejó el bolso sobre la mesa, subió a su habitación y se metió a la regadera.

El agua no logró borrar lo vivido. Su mente repasaba cada detalle: la foto, la letra, la libreta. Se obligó a no pensar más. Se secó, se puso el pijama y se acostó.

El celular sonó. De un salto, lo tomó. En la pantalla, el mismo número de la noche anterior. El terror se dibujó en su rostro. No quería contestar. Pero el sonido insistía, como si conociera su resistencia.

Temblando, llevó el celular a su oído. —Hola...

—Soy Adriana —dijo la voz al otro lado.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Laura, rota.

—No puedo seguir ocultando la verdad. El secreto me carcome el alma. Tienes que confesarlo, Laura. La verdad necesita salir a la luz.

—¿De qué hablas? ¡Yo no te conozco! No entiendo nada.

Laura colgó. Se quedó sentada, mirando fijamente la ventana. El teléfono volvió a sonar.

—Tienes que hablar, Laura.

Sin pensar, lanzó el celular con fuerza. El dispositivo salió volando y se estrelló contra la pared. Se encogió sobre sí misma, llorando desconsolada, hasta quedarse dormida.

A la mañana siguiente, la rutina volvió como si nada.

—¿Todo bien, licenciada? —preguntó Gaby, su asistente—. Se nota que no durmió. ¿Quiere que le lleve un café?

—Por favor, Gaby. Y pásame el expediente del primer paciente.

Dentro de su oficina, las palabras de Adriana seguían retumbando: “Tienes que confesarlo.”

Confundida y con la cabeza a punto de estallar, comenzó su día. Pero al caer la tarde, tomó una decisión. Debía volver a la casa.

Sentada en la cama polvorienta, con la libreta entre las manos, Laura respiró hondo. Sus dedos temblaban. Después de quién sabe cuánto tiempo, se atrevió a abrirla. Una página estaba marcada con un listón.

6 de mayo de 2024.

Estoy en casa sola. Mis padres salieron y no tardan en llegar. Tengo que apresurarme, no pueden darse cuenta. Tengo que limpiar el carro, lavar la ropa y meterme a bañar antes de que regresen. Nadie puede saberlo. Tengo que ser muy cuidadosa.

Estoy segura de que nadie me vio. Tengo que estar tranquila. Cuando regresen, no deben notar nada extraño.

Laura tragó saliva. Siguió leyendo.

7 de mayo de 2024.

Todo salió a la perfección. No tienen idea de lo que pasó. Aún no sale nada en las noticias, eso quiere decir que no han encontrado el cuerpo… Estoy salvada.

Horrorizada, arrojó la libreta al suelo. Se sentó a la orilla de la cama, el rostro desencajado. Miles de pensamientos la embargaban. Algo en la lectura le resultaba demasiado familiar. Y ese estremecimiento que la recorría... no era solo miedo. Era una memoria latente. Algo que aún no quería recordar.

Imágenes revueltas. Siluetas confusas. El olor a tierra mojada. Un escalofrío recorriéndole la columna.

Laura cerró los ojos. Algo dentro de ella comenzaba a entrelazar los fragmentos sueltos.

Se vio a sí misma con lodo en las manos. Un auto detenido a un costado de la autopista. La lluvia cayendo frente a los faros encendidos de lo que ahora sabía con certeza: era su auto. ¿Qué pasó esa noche?

Un chirrido de llantas. Un golpe seco. El sonido de algo que rodaba bajo el coche. La escena se volvía cada vez más clara.

Era de noche. Los limpiaparabrisas trabajaban al máximo. Ella conducía con el rostro casi pegado al parabrisas, la visibilidad reducida a sombras. Y entonces... el impacto. Algo pasó por debajo del auto.

Se detuvo a un lado del camino, empapada, con la respiración cortada por el frío. Se arrodilló y buscó debajo del coche: nada. Pero un quejido la obligó a levantarse. A escasos metros, un hombre yacía sobre el asfalto. Su cuerpo temblaba. Tenía la ropa sucia, rota. El olor a alcohol era insoportable.

Laura se acercó. El hombre balbuceó: —Ayuda... ayu... Fueron sus últimas palabras.

La siguiente escena era otra. Sus manos arrastraban el cuerpo entre los árboles, tierra mojada bajo sus rodillas, su voz murmurando entre sollozos:  —Lo siento… lo siento mucho…

Cavó con desesperación un hoyo superficial. La lluvia la castigaba sin tregua. Sus lágrimas se confundían con el agua. —¿Quién va a extrañarlo? Era solo… un accidente…

Su mente repetía esas palabras como un rezo oscuro. Estaba a punto de graduarse. Tenía una vida por delante. No podía arriesgarlo todo. No por eso.

Una hora después, volvía a casa cubierta de lodo. Entró por la cochera, se desnudó ahí mismo. Subió directo al baño. Restregó su cuerpo hasta dejarlo en carne viva. Se vistió rápido, limpió a conciencia su auto, metió la ropa sucia a la lavadora, preparó un té para calmar los nervios.

Sus padres no tardaban en volver del cine. Tenía que parecer serena. Normal.

Y así fue. Entraron. La saludaron como siempre. Ella fingió cansancio por los exámenes. Se acostó. Miró al techo durante horas, con el pecho en llamas. Intentó convencerse de que no fue su culpa. Que su vida valía más.

Nada apareció en las noticias. Se sintió aliviada.

Días después celebraba su graduación con euforia. Su sueño se había cumplido.

Y entonces... El chasquido de unos dedos.

Todo desapareció. La libreta. La cama polvorienta. La casa abandonada.

Laura ya no estaba allí. Estaba en un cuarto blanco. Frío. Desnudo. Vestía un overol naranja. Sus muñecas, esposadas.

Una mujer la miraba frente a ella con expresión tranquila. —Bien hecho—dijo.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —gritó ella, llena de confusión y terror.

—Tranquila. Soy la doctora Ibarra, tu psiquiatra. Acabamos de terminar tu sesión de hipnosis. Acabas de reconstruir el incidente que te trajo hasta aquí.

Laura abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su rostro palideció. Una mueca de horror le deformó el rostro. Sus labios temblaban.

La doctora se levantó. —Nos vemos la próxima semana... en tu siguiente sesión. La puerta se cerró tras ella.

Del techo, un altavoz emitió un clic.

“Sesión completada. Gracias por compartir, Dra. Valderrama.”

Entonces se vio reflejada en el cristal. Y entendió que nunca fue Laura. Era Adriana Valderrama.

Miró al reloj: **3:33 p.m.**

Wednesday, June 25, 2025

El Aquelarre


La tranquilidad de la noche se ve interrumpida por las ocho campanadas del reloj situado junto a la chimenea en la sala contigua. Es viernes; Mystique disfruta del éxtasis de un día importante, hoy asistirá a su primer aquelarre. La emoción invade su cuerpo, provocando un excitante escalofrío que la recorre sin control. Sus pupilas están dilatadas, ya que acaba de untarse con el agua verdinegra obtenida del sapo que celosamente cuida.

Su amiga Evanora la espera en la entrada del bosque, así lo acordaron la noche anterior. De un salto, sale de la cama, agarra la frazada de seda que tiene al pie y corre hacia el bosque. El vestido holgado color café, que lleva sin ropa interior, juega con el viento al ritmo de sus largos y dorados cabellos. A lo lejos, una silueta se asoma en la oscuridad del bosque.

—¿Evanora, eres tú?— De un salto, Evanora sale de la penumbra y se tira a los brazos de Mystique.

Dando vueltas con singular alegría, se adentran en el bosque. La luz resplandeciente de la enorme fogata se distingue entre los árboles en la densa oscuridad. Como un susurro a lo lejos, se escucha una música de tambores, y la luna llena da el toque final a tan esperada reunión. Mystique corre ágilmente entre las veredas persiguiendo el fuego; pronto estará en el círculo del aquelarre.

Mientras corren para reunirse alrededor de la hoguera, comienzan a despojarse de su ropa. Son las 9 de la noche, la hora de adorar a Lucifer. La mayoría de las personas cree que la hora de Lucifer es después de medianoche, algunos otros que es a las 3 de la mañana. Solo las brujas y brujos del mundo saben que la hora del aquelarre es a las 9 de la noche.

Reunidos alrededor de la hoguera, postrados de rodillas, los brujos de mayor rango comienzan a entregar sus ofrendas mientras adoran y veneran a su amo. Mystique es una bruja nueva, así que tendrá que esperar su turno para entregar su ofrenda y, después, recibir su tan ansiada marca. En un trance frenético, brujos y brujas danzan desnudos, entonando alabanzas mientras se entregan al fervor de la ceremonia.

Al término de las ofrendas, comienza la misa negra. Mystique, ensimismada, escucha cada uno de los consejos y promesas de Lucifer. La misa ha terminado, todos están extasiados de poder y deseo; los cuerpos bajo la luz del fuego intensifican su belleza. Acto seguido, brujos y brujas se entregan unos a otros con desenfreno, fundiéndose en un torbellino de placer sin distinción de género.

Los cuerpos entrelazados se funden en el placer puramente carnal; mujeres con mujeres, hombres con hombres, tríos, cuartetos, en un momento no se sabe de dónde viene tanto placer. Extasiados en el piso, una vez más ha finalizado el tan ansiado tributo.

Al día siguiente, se escuchan a lo lejos las campanas de la iglesia que anuncian la hora de misa. Mystique abre los ojos con desgano, pero la intensidad de la luz solar la obliga a cerrarlos otra vez, como si el mundo aún no estuviera listo para recibirla. Después de unos segundos, se incorpora en la cama, aún con el peso del día anterior en el cuerpo. Se levanta, se ducha con agua tibia y se prepara para ir al mercado local, donde la rutina cotidiana contrasta con la oscuridad del aquelarre.

Mystique es una joven de belleza arrebatadora. Su cabello dorado y rizado cae con suavidad sobre los hombros. Sus labios color durazno guardan la promesa de un deseo apenas susurrado. La silueta bien formada se adivina bajo su ropa, y sus ojos color avellana reflejan una luz hipnótica que atrapa tanto a hombres como a mujeres. Donde sea que esté, basta una mirada para que despierte deseo, curiosidad o ambas.

Desde que entró en la pubertad, las curvas de su cuerpo florecieron como un botón de rosa. Su belleza comenzó a brotar de una manera apresurada, pero dulce a la vez: una mezcla de lujuria y delicadeza que la convierte en una de las mujeres más deseadas de su localidad.

En su casa viven solo mujeres: su mamá y su hermana mayor. Su papá murió de una enfermedad terminal cuando ella era muy pequeña, desde entonces las tres han trabajado para traer el pan a la mesa. Aunque nunca asistió a la escuela, siempre creyó que su inteligencia innata le había abierto todas las puertas.

Pero hace apenas unas semanas, algo empezó a cambiar. Pequeños detalles, casi imperceptibles, comenzaron a revelarse ante sus ojos, susurrando que no todo era lo que parecía.

Era como si una sombra secreta la envolviera, susurrándole verdades ocultas, separándola de los demás. Un poder desconocido, un misterio enterrado en lo más profundo de su ser, que aún no estaba lista para enfrentar.

Un ejemplo claro ocurrió un par de meses atrás: su madre se quejaba de un fuerte dolor en el estómago. Mientras regresaba a casa, una planta al borde del camino llamó su atención, como si le susurrara al pasar. Se detuvo, inclinó la cabeza con curiosidad, y tras observarla por unos segundos, la arrancó desde la raíz. Algo en su interior le decía que debía llevársela.

Al llegar a casa limpió la planta, la maceró en un mortero y la colocó en agua hirviendo. Cuando tuvo la infusión lista, se la llevó a su madre, que estaba en cama. Unas horas después, su mamá preparaba la cena y atendía sus tareas domésticas. Antes no se había percatado de esa planta, era la primera vez que sentía esa urgencia de preparar una bebida sanadora, escuchó el llamado y se dejó llevar.

En las noches de luna nueva sentía una energía regeneradora, una vitalidad que la incitaba a hacer cosas. Otras experiencias más le han sucedido… una tarde, mientras estaba en el mercado local, ocupada en sus compras, escuchó una voz, como un murmullo a lo lejos. A esa voz se sumó otra, y otra más, hasta que en segundos podía escuchar a todas las personas a su alrededor.

Era la mente de todos hablándole a la vez. Al principio pensó que estaba alucinando, pero después de unos minutos tuvo que aceptar la realidad: no escuchaba voces, sino pensamientos. ¿Qué me está pasando? Corrió despavorida por el camino; las voces no cesaban, rebotaban en su cabeza como una pelota de tenis en una final de campeonato.

De pronto se encontró tirada en el piso con un fuerte dolor en la cadera, había chocado con alguien. —¿Mystique, todo bien?— Evanora, tirada en el piso, trataba de hablarle, o al menos eso creía, veía cómo sus labios se movían, pero el ruido en su cabeza era tan fuerte que no podía concentrarse en sus palabras. Evanora la sacudió con fuerza; Mystique estalló en llanto. —¡Nada está bien! No entiendo qué me está pasando.

Se ayudaron a ponerse de pie y caminaban lentamente por la acera, tomadas del brazo. Al llegar al parque junto a la iglesia, se sentaron. —Cuéntame, ¿qué sucede?— preguntó Evanora. Sollozando, Mystique le contó lo que había pasado. —¿Sigues escuchando las voces? —Sí, aun las escucho— respondió. Se abrazaron fraternalmente; Evanora limpió las lágrimas con sus delicados dedos y se animó a hacer una confesión: —Nada malo te pasa, tus poderes se están manifestando. —¿Poderes? —Así es, somos brujas —dijo Evanora, con una sonrisa que iluminó su bello rostro. —¿Brujas? Creí que eran historias inventadas para obligarnos a ser buenas personas.

El sol se ocultaba en el horizonte cuando terminaron de hablar. Aunque ambas estaban tranquilas, llevaban consigo un torbellino de preguntas. Cada una se encaminó a su hogar, envuelta en pensamientos.

Mystique, ya recostada en su cama, sentía cómo su mente giraba sin descanso. La locura, la desesperación y el vacío amenazaban con arrastrarla. Pero poco a poco, una fuerza desconocida y pujante comenzó a tomar el control. Era poder, un poder liberado que disipaba el miedo. La aceptación de lo que era, de formar parte de algo más grande que ella misma, terminó siendo más fuerte que cualquier temor.

Con el paso de los días, las voces comenzaron a dar sentido en su cabeza, reconocía cada una y de dónde venían. También comenzó a ser consciente de otros poderes. Una mañana, encerrada en su casa por una lluvia torrencial, deseó que fuera un día soleado para caminar por el bosque; de inmediato la lluvia cesó y el sol brilló sobre los charcos en la calle.

—Bella coincidencia— pensó, y con una risa curiosa deseó que cayera granizo; acto seguido, las calles quedaron cubiertas de bolas de granizo. La risa se convirtió en carcajadas de felicidad y satisfacción. Deseó que saliera el sol, y corrió a casa de su amiga para contarle.

Día a día descubría sus poderes, aprendía a usarlos, y claro, comenzó a sacar ventaja. Todo iba bien para Mystique, aunque la vida para las brujas no es más simple que para los humanos. Una tarde, mientras recolectaba plantas para sus pociones, se sobresaltó al aparecer de la nada una mujer hermosa de cabello y piel oscura; labios carmesíes; silueta encantadora; ojos negros y mirada penetrante. Se movía como una pantera vigilando sigilosamente a su presa.

—¿Mystique? He escuchado mucho de ti últimamente— dijo la mujer. La curiosidad de Mystique fue mayor que su instinto de permanecer oculta. —Soy Marie— continuó ella; su voz era serena e hipnotizante, sus movimientos hechizantes, su presencia abrumadora. Con voz nerviosa y entrecortada Mystique aceptó el saludo: —¿Qué deseas? —Por ahora nada, ya tendrás noticias de mí— dijo Marie. De la misma manera en que apareció, se esfumó en el aire.

Por unos minutos quedó paralizada, no conocía a esa mujer; el interés que mostró en conocerla la apesadumbró. Ideas llegaban a su mente como relámpagos en una tormenta eléctrica. Seguro es una bruja igual que yo, pensó, tratando de hacer memoria de todas las brujas que había visto en aquelarres; no, ninguna es ella. Tenía la certeza de que no había dañado a nadie con sus pociones y hechizos, y un sentimiento de tranquilidad calentó su cuerpo.

Había escuchado historias de guerras entre brujas, pero eso no era una posibilidad. ¿Por qué alguien querría enfrentarse conmigo? Apenas había descubierto sus poderes, hechizos, pociones y la manera de usar el poder de leer la mente; no era algo tan grande para llamar la atención de una bruja mayor. A pesar de no haber visto antes a Marie, los breves momentos juntos le bastaron para sentir el inmenso poder que emanaba de ella.

Con los días, Mystique comenzó a entender la magnitud de su poder. Una mañana mientras se encontraba en el bosque bajo la guía de Evanora, decidió probar si podía mover un tronco con la mente. —¿Confías en mí, Mystique? —Con mi vida —respondió ella. —¿Ves ese tronco tirado al otro lado del camino? —Sí. —Perfecto. Ahora trata de moverlo. —¿Huh? No entiendo —dijo, incrédula. —Claro que entiendes, solo concéntrate y piensa hacia dónde quieres que se mueva. Con la mano le indicó que guiara el tronco.

La mano le temblaba al levantarse y apuntar al leño; de forma tímida, agitó levemente la mano hacia la izquierda. Sin más, el tronco se elevó y cayó a ese lado. Ambas se carcajearon emocionadas. —¡Hazlo de nuevo! —con más confianza agitó la mano hacia la derecha, y el tronco se estrelló contra los árboles al otro lado, destrozándose.

—Ahora entiendo por qué vino Marie —dijo Evanora, todavía agitada.

—¿Por qué? —preguntó Mystique, sin dejar de mirar el tronco destrozado.

—Porque debió sentir el poder que estaba naciendo por aquí. Algo tan fuerte no pasa desapercibido para una bruja como ella.

—¿Y me buscó a mí?

—No al principio. Seguro fue siguiendo la pista, hasta toparse contigo. Ahora ya sabe quién eres… y lo que puedes hacer. Quizá incluso lo supo antes de que tú misma lo entendieras.

La diversión y emoción dieron paso a un silencio sepulcral. Ambas comenzaron a caminar hacia sus hogares, y Mystique comprendió el peligro al que se enfrentaba. Gracias a su belleza y carácter cálido, había hecho “amistades” de todo tipo en los aquelarres. —Mañana hablaré con ellos para que me den consejo y me preparen para lo que viene —pensó.

Al día siguiente, en el festín posterior al aquelarre, Mystique y Evanora reunieron a los brujos que consideraban útiles para lo que se aproximaba. Explicaron lo sucedido, el encuentro con Marie y los nuevos poderes de Mystique, y pidieron consejo.

Todos los presentes se miraron con preocupación y perplejidad. Conocían a Marie, sabían de su poder y de lo que haría si creía que Mystique era una amenaza. Tras unos minutos que parecieron horas, uno de los brujos de mayor rango habló: —Lo único que podemos hacer es ayudarte a entender tus poderes y enseñarte a sacarles provecho, porque si ella te considera una amenaza, vendrá por ti.

Aceptar fue la única opción. Salieron del bosque con incertidumbre, pero con la esperanza de que todo saldría bien. La juventud y el conocimiento de sus poderes le daban seguridad para enfrentar lo que viniera.

Esa semana se dedicó a practicar hechizos, pociones y ataques enseñados. Practicaba en el bosque con Evanora sin descanso, pasando madrugadas estudiando, leyendo y practicando hasta el amanecer. Se cuidaba de que no la espiaran, pues le advirtieron que Marie podría enviar animales o criaturas del bosque para vigilarla.

A pesar de la tensión, Mystique estaba extasiada con lo que aprendía. Una mañana soleada, cuando estaba lista para levantarse, la puerta fue azotada y un remolino majestuoso hizo aparecer a Marie a un lado de su cama.

—La hora ha llegado —dijo Marie, con una calma inquietante—.

Ambas sabemos que, al final de esta pelea, solo una quedará en pie.

Estoy convencida de que seré yo…

Lo que no imaginé fue encontrarte con tantas ganas de vivir, con ese entusiasmo... y con un poder tan inmenso creciendo dentro de ti.

De un salto Mystique bajó de la cama, y al tocar el piso descalzo se escuchó un estruendo que anunció el comienzo de la batalla. Llamas azul brillante salían del suelo donde pisaba.

Evanora corrió desesperada al encuentro, sabiendo lo que venía, y solo deseaba estar junto a su amiga. Sabía que no podía intervenir en la pelea y que su poder no se acercaba al de Mystique, pero eligió estar a su lado.

Recordemos que Marie no es una bruja común, es la bruja mayor de la nigromancia, una magia negra peligrosa que incluye invocar espíritus y resucitar muertos. Mystique, que practica magia blanca, no conocía el alcance de la hechicería de Marie.

Marie empezó a susurrar palabras hipnóticas que invocaban la fuerza de los muertos:

«Colpriziana, offina alta nestra, fuaro menut, yo nombro Shioxir The Mute el muerto que busco, Shioxir The Mute tú eres el muerto que busco. Espíritu de Shioxir The Mute fallecido, ahora puedes acercarte a esta puerta y responder verdaderamente a mi llamado. ¡Berald, Beroald, Balbin, Gab, Gabor, Agaba! Levántate, te nombro y te llamo.»

Un agujero se abrió frente a sus ojos y de él emergió Shioxir, un ser lúgubre, deforme, con pocos cabellos, dientes podridos y ojos blancos y brillantes. Su aspecto lúgubre impresionó a Mystique, quien dio dos pasos atrás, invadida por el temor y dudas.

De repente, Evanora entró sudando y con respiración agitada. Al mirar a Mystique, le recordó quién era. Un calor electrizante recorrió su cuerpo y recuperó su cordura; con paso firme se acercó a Shioxir.

La contienda había comenzado. Mystique usó uno de los cinco elementos y atacó con fuego a Shioxir. A pesar de ser un muerto viviente, el olor a piel quemándose era nauseabundo, y los gritos estremecían a Evanora. Shioxir, envuelto en llamas, lanzó a Mystique contra la pared, quien cayó sobre la cama.

Con un movimiento de manos, Mystique arrojó a Shioxir por la ventana y corrió tras él al bosque cercano, seguida por Evanora. Cuando Mystique creyó tenerlo bajo control, Marie lanzó un conjuro que hizo que raíces y ramas la rodearan e inmovilizaran.

Shioxir se abalanzó sobre Mystique y comenzó a absorber su fuerza vital. Evanora, a la distancia, vio con horror cómo un aire denso y brillante salía del cuerpo de su amiga, directo hacia el ser putrefacto, que lo bebía con desesperación.

Mientras esto ocurría, Marie permanecía extasiada, embriagada por el poder que ejercía sobre Mystique. No notó lo que sucedía a su alrededor… ni que estaba siendo rodeada.

En un arranque de valentía, Evanora corrió hacia Marie, decidida a interrumpir el ataque. Pero Shioxir, con reflejos sobrenaturales, se volvió hacia ella y la estrelló contra un árbol. Su cuerpo inerte cayó sobre el mohoso sendero del bosque. Sin perder tiempo, el muerto viviente se abalanzó sobre Evanora y comenzó también a absorber su energía vital, ignorando todo lo demás, perdido en su propio trance de placer oscuro.

De repente, con el último aliento, de los labios de Mystique brotó una sonrisa. Su rostro pálido se tornó dramático y terrorífico, iluminado por una sonrisa fúnebre que se transformó en carcajada, rompiendo el silencio del bosque.

Marie salió de su trance solo para descubrir que estaba acorralada por los brujos del aquelarre al que Mystique pertenecía.

Marie, cegada por su orgullo y poder, no vio que era una trampa. Los brujos la rodeaban con un círculo que anulaba sus poderes, y Shioxir fue tragado por un abismo oscuro, liberando a Evanora.

Evanora saltó al círculo de poder que encerraba a Marie. Aunque está prohibido intervenir en la pelea entre brujas, su único propósito era mantener a Marie dentro del círculo para que la pelea fuera justa.

Mystique, llena de sangre y con la ropa desgarrada, se incorporó para continuar la pelea. Su rostro desfigurado parecía salido de una pintura de Picasso, enmarcado por su tétrica sonrisa.

El rostro de Marie palideció y su belleza se tornó en terror. Mystique estaba extasiada de poder y sed de venganza. De cada rincón del bosque emergieron destellos de energía que cubrieron su cuerpo con un halo cegador.

Marie, desde dentro del círculo, lanzó una poderosa energía contra Mystique. Sin embargo, el hechizo se desvaneció en cuanto tocó los destellos de luz que la rodeaban, disipándose en una brisa suave y silenciosa.

Furiosa, Marie comenzó a recitar con desesperación un hechizo para inmovilizar a Mystique:

—Meus animus tuum dominatur... Meus animus tuum dominatur...

Una y otra vez lo repitió, ensimismada, sin notar que, al unísono, los brujos del aquelarre entonaban un conjuro de protección:

—Repellendum malum minatur, ut nobis... Repellendum malum minatur, ut nobis...

El eco del hechizo retumbaba en el bosque. Mientras Marie permaneciera dentro del círculo, todos sus conjuros eran anulados. En un intento desesperado, trató de huir, pero fue rechazada violentamente hacia el centro, cayendo a los pies de Mystique.

La luz brillante que envolvía a Mystique impedía a Marie distinguir su rostro, pero alcanzó a ver su sonrisa torcida, la expresión de un triunfo absoluto.

Entonces, Mystique levantó su mano y comenzó a repetir con firmeza:

—Confringir... Confringir... Confringir...

El conjuro retumbaba como un martilleo en los oídos de Marie. En un instante, su cuerpo explotó, despedazándose en mil fragmentos que se dispersaron dentro del círculo. Mystique quedó cubierta de sangre y restos de la gran bruja Marie.

Aun sabiendo que no bastaba, Mystique se incorporó lentamente. Debía asegurarse de que Marie no pudiera reconstruirse. Sin dudar, pronunció el hechizo final:

—¡Ignis! ¡Ignis! ¡Ignis! ¡Ignis!

Las llamas consumieron por completo cada resto del cuerpo de Marie, hasta que no quedó nada más que cenizas dispersas por el viento.

Mystique se desmayó cayendo al suelo con una gracia poética. En ese instante, Evanora abandonó el círculo de los brujos para correr a su lado. Se arrodilló junto a ella y, con ternura, colocó el torso de Mystique sobre su pecho. Mystique seguía desfallecida; Evanora lloraba y con gritos llenos de desesperanza vociferaba: ¡No me dejes!, ¡no puedes dejarme!, ¡no te permito que me abandones!

Las lágrimas caían sobre el rostro ensangrentado de Mystique, hasta que, de pronto, sus ojos comenzaron a abrirse poco a poco. Una tierna sonrisa se dibujó en su rostro pálido. Evanora la abrazó con fuerza, y el color y el calor comenzaron a volver al cuerpo de su amiga.

—¡Lo lograste! —decía emocionada Evanora, mientras un murmullo comenzaba a alzarse a su alrededor.

Ambas alzaron el rostro: los brujos del aquelarre proclamaban a Mystique como la nueva bruja mayor.

Con la victoria en sus manos, Mystique cayó agotada, pero en paz, con la certeza de que su vida y su poder apenas comenzaban a florecer.