El tiempo es ese compañero silencioso que nos enseña sin palabras lo que valen los momentos. En la actualidad, llevamos una vida tan agitada que nos aleja del aquí y el ahora. La mayoría de las personas corre a todos lados, camina empujando en las calles o toca el claxon si alguien no maneja a la máxima velocidad.
Siempre tarde a todas partes, como decía sin cesar el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas:
“No ves, no ves, ya son más de las tres, me voy, me voy, qué tal, adiós, me voy, me voy, me voy…”
¿Te has preguntado qué pasaría si te permites detenerte por un instante y tomar conciencia de tu respiración?
¿Acaso el mundo dejaría de girar? ¿El sol dejaría de salir? ¿Se detendría el mundo entero por ti?
A veces creemos que si desaceleramos, alguna tragedia va a suceder. Créeme: eso no va a pasar. El mundo seguirá su curso normalmente; la diferencia es que tú te sentirás mejor. Tendrás ese momento para disfrutar o agradecer tu café de la mañana… o, en todo caso, tu té matutino.
Dice el dicho que “santo que no es visto no es adorado”, sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que disfrutaste de los rayos del sol por la mañana? ¿Has observado a la luna esta semana? ¿Te has detenido a disfrutar del olor a tierra mojada después de llover?
Entonces ese dicho no es tan cierto, porque cada día, uno a uno, esos sucesos naturales ocurren… pero no los disfrutamos. Los damos por sentado, como se dice por ahí.
Hoy en día, la esperanza de vida para los seres humanos es de aproximadamente 78 años (podemos dar las gracias al COVID-19 por el impacto negativo que tuvo en su disminución a nivel mundial). Si comparamos esos 78 años con la eternidad, es apenas una diminuta fracción la que pasamos en este planeta al que llamamos Tierra.
Leí en un libro que si fuéramos realmente conscientes de que vamos a morir —porque sí, todos en determinado momento vamos para allá—, viviríamos la vida en momentos entrañables. Es decir, al salir del trabajo me compraría esa flor que tanto me gusta para colocarla al lado de mi cama. Abrazaría más a mis hijos, nietos, amigos y demás seres queridos … y muchas otras cosas más.
Pondríamos el valor correcto a las cosas que importan. Al final, todo lo que poseemos es temporal; nada se irá con nosotros. Sin embargo, cuando ya no estemos en este plano, todas las bellas memorias que hayamos creado con las personas que amamos se quedarán con ellas por el resto de sus días. Y si las comparten con sus descendencias, esas memorias pueden perdurar en el tiempo.
Entiendo que plasmar esta idea es sencillo. Vivirla… ya es otra cosa.
Yo te reto a que hoy te detengas un momento en tu ajetreado día y hagas un acto de amor por ti o por alguien que te importe. Te aseguro que no pasará nada malo. Al contrario, tendrás un mejor día.
Recuerda que una persona feliz acepta que es parte de una comunidad y trabaja con ella y para ella, haciendo que el tiempo se transforme en momentos: en presente y en esencia.
Porque al final, eso es vivir:
Ser presencia para otros.
Ser refugio.
Ser historia compartida.
Y dejar que el tiempo —lejos de ser solo un reloj que avanza— se convierta en una colección de instantes que realmente valieron la pena.


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