Era noche de luna llena. La luz plateada se asomaba a través de la ventana y se posaba sobre las sábanas de algodón verde esmeralda de la cama de Laura, terapeuta de duelo.
En medio del silencio espeso de la noche, el canto de los grillos parecía marcar el compás de algo que se acercaba... algo que no debía llegar. Las luciérnagas revoloteaban en el jardín, impacientes, como si esperaran una señal invisible.
De pronto, el estruendo del celular la sacó abruptamente del sueño. Laura se incorporó sobresaltada, desubicada, con la mente atrapada entre el sueño y la vigilia. Giró hacia el reloj despertador: 3:33 a. m. Un sinfín de pensamientos revoloteó en su cabeza.
¿Quién llamaría a esa hora?
Se le heló la sangre al imaginar que alguno de sus pacientes estuviera atravesando una crisis. Tomó el celular apresuradamente y respondió:
—¿Diga…?
Del otro lado de la línea, una voz entrecortada, agitada, sollozante:
—Hola... soy Adriana. No puedo seguir con esto. Duele demasiado... siento que no podré llegar a la próxima sesión... ya no aguanto más... quiero que esto pare...
Y entonces, un susurro apenas audible: —Adiós...
—¿Adriana? ¡No cuelgues! Dime dónde estás, voy a ir contigo, podemos encontrar una solución. Escucha, es…
El bip interrumpió su intento. La llamada había terminado.
Laura se quedó inmóvil, el celular aún en la mano. Su mente repasaba una y otra vez los nombres de sus pacientes actuales. Ninguna Adriana.
Intentó devolver la llamada, pero la operadora le respondió:
—El número que usted marcó no existe. Favor de verificarlo.
Volvió a marcar. Misma respuesta.
¿Había sido un sueño? ¿O su mente le estaba jugando una mala pasada, disfrazando el insomnio con voces que no existían?
Revisó el historial de llamadas. Ahí estaban: una llamada entrante, y su intento fallido de devolución. Ambas con el mismo número. Un número que, según el sistema, no existía.
—Tal vez fue una broma —se dijo en voz baja, intentando tranquilizarse. Volvió a recostarse. Aunque cerró los ojos, el eco de esa voz no la abandonó. Finalmente, se quedó dormida.
A las 7:00 a. m., sonó la alarma. Laura se estiró para apagarla. Su cabeza retumbaba, y un zumbido sordo no la dejaba pensar con claridad. Bajó a la cocina y encendió la cafetera.
—Necesito un café doble —murmuró, suspirando.
Mientras el café se preparaba, subió a ducharse. Frente al espejo, mientras se aplicaba el maquillaje, la voz de la llamada volvió a colarse en su memoria. Aún no tenía idea de quién podría ser esa mujer.
Se vistió con su habitual elegancia discreta: una falda tipo lápiz color vino, blusa de seda palo de rosa y zapatillas a juego. Bajó, sirvió café en su termo, tomó su laptop, bolso y abrigo, y salió rumbo al consultorio.
—Será un día pesado —dijo con resignación mientras encendía el auto.
Ya en el consultorio, revisó su base de datos de pacientes. Confirmado: ninguna Adriana. Ni en sesiones actuales, ni en las canceladas. Abrió Google y escribió el número que había quedado registrado en su celular.
La búsqueda arrojó un nombre: Adriana Valderrama.
Abrió otra pestaña e ingresó el nombre. Aparecieron redes sociales asociadas. Comenzó a revisar los perfiles. La intriga crecía.
Un golpe en la puerta la sacó de golpe de su concentración.
—Disculpe, su primer paciente ha llegado —dijo Gaby, su asistente.
—Gracias, pásame su expediente y hazla
pasar, por favor.
El día transcurrió entre paciente y paciente. Ya en la hora del almuerzo, Laura fue a la cocina donde se encontró con Stephany, su colega.
—Hola, Lau. ¿Qué tal tu mañana?
—Agotadora —respondió con un suspiro.
Charlaron un rato sobre los casos, las emociones acumuladas, la rutina. Después del café, Laura se excusó y volvió a su oficina.
Volvió a sumergirse en las redes sociales de Adriana. Bingo: encontró una dirección.
Un dilema ético retumbaba en su cabeza: ¿Debía ir a buscarla y descubrir qué estaba pasando? ¿O debía dejarlo pasar y volver a su rutina diaria?
Antes de decidir, el teléfono volvió a sonar. Otro paciente esperaba.
Al terminar el día, Laura decidió ir a la dirección que había encontrado en las redes de Adriana. Al llegar, descubrió que la casa estaba vacía, tal vez abandonada desde hacía meses. Sin embargo, algo no cuadraba: sobre una mesa en la sala había una taza con café aún tibio, una nota a medio escribir, una grabadora encendida... y una foto familiar enmarcada.
En ella, una mujer aparecía de espaldas. Laura sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Esa silueta... se parecía demasiado a ella.
La piel se le erizó. Confundida y con el pulso acelerado, subió lentamente por las escaleras, empujada por algo que no comprendía. Una fuerza interna la impulsaba a avanzar, incluso cuando cada fibra de su cuerpo le suplicaba que se diera la vuelta.
Entró a un cuarto que le pareció escandalosamente familiar.
Junto a la cama, sobre el buró, descansaba una libreta cubierta de polvo. La tomó con manos temblorosas, sopló la superficie y, con lentitud, la abrió. Algo en su interior gritaba que huyera, pero sus dedos no le obedecían.
Apenas leyó las primeras palabras, un grito ahogado escapó de su garganta. El corazón se le disparó. El nudo en el estómago la obligó a vomitar. Soltó la libreta de golpe.
La letra... era idéntica a la suya.
Miró a su alrededor con desesperación, esperando encontrar a alguien, algo, una explicación lógica. Pero solo el silencio la envolvía. El tiempo pareció detenerse.
Un ruido afuera la sacudió. Sin pensarlo, salió corriendo de la casa, dejando la libreta atrás.
Se subió al auto y condujo a casa de forma automática. No recordaba ni las calles, ni los semáforos. Al llegar, colgó el abrigo, dejó el bolso sobre la mesa, subió a su habitación y se metió a la regadera.
El agua no logró borrar lo vivido. Su mente repasaba cada detalle: la foto, la letra, la libreta. Se obligó a no pensar más. Se secó, se puso el pijama y se acostó.
El celular sonó. De un salto, lo tomó. En la pantalla, el mismo número de la noche anterior. El terror se dibujó en su rostro. No quería contestar. Pero el sonido insistía, como si conociera su resistencia.
Temblando, llevó el celular a su oído. —Hola...
—Soy Adriana —dijo la voz al otro lado.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Laura, rota.
—No puedo seguir ocultando la verdad. El secreto me carcome el alma. Tienes que confesarlo, Laura. La verdad necesita salir a la luz.
—¿De qué hablas? ¡Yo no te conozco! No entiendo nada.
Laura colgó. Se quedó sentada, mirando fijamente la ventana. El teléfono volvió a sonar.
—Tienes que hablar, Laura.
Sin pensar, lanzó el celular con fuerza. El dispositivo salió volando y se estrelló contra la pared. Se encogió sobre sí misma, llorando desconsolada, hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente, la rutina volvió como si nada.
—¿Todo bien, licenciada? —preguntó Gaby, su asistente—. Se nota que no durmió. ¿Quiere que le lleve un café?
—Por favor, Gaby. Y pásame el expediente del primer paciente.
Dentro de su oficina, las palabras de Adriana seguían retumbando: “Tienes que confesarlo.”
Confundida y con la cabeza a punto de estallar, comenzó su día. Pero al caer la tarde, tomó una decisión. Debía volver a la casa.
Sentada en la cama polvorienta, con la libreta entre las manos, Laura respiró hondo. Sus dedos temblaban. Después de quién sabe cuánto tiempo, se atrevió a abrirla. Una página estaba marcada con un listón.
6 de mayo de 2024.
Estoy en casa sola. Mis padres salieron y no tardan en llegar. Tengo que apresurarme, no pueden darse cuenta. Tengo que limpiar el carro, lavar la ropa y meterme a bañar antes de que regresen. Nadie puede saberlo. Tengo que ser muy cuidadosa.
Estoy segura de que nadie me vio. Tengo que estar tranquila. Cuando regresen, no deben notar nada extraño.
Laura tragó saliva. Siguió leyendo.
7 de mayo de 2024.
Todo salió a la perfección. No tienen idea de lo que pasó. Aún no sale nada en las noticias, eso quiere decir que no han encontrado el cuerpo… Estoy salvada.
Horrorizada, arrojó la libreta al suelo. Se sentó a la orilla de la cama, el rostro desencajado. Miles de pensamientos la embargaban. Algo en la lectura le resultaba demasiado familiar. Y ese estremecimiento que la recorría... no era solo miedo. Era una memoria latente. Algo que aún no quería recordar.
Imágenes revueltas. Siluetas confusas. El olor a tierra mojada. Un escalofrío recorriéndole la columna.
Laura cerró los ojos. Algo dentro de ella comenzaba a entrelazar los fragmentos sueltos.
Se vio a sí misma con lodo en las manos. Un auto detenido a un costado de la autopista. La lluvia cayendo frente a los faros encendidos de lo que ahora sabía con certeza: era su auto. ¿Qué pasó esa noche?
Un chirrido de llantas. Un golpe seco. El sonido de algo que rodaba bajo el coche. La escena se volvía cada vez más clara.
Era de noche. Los limpiaparabrisas trabajaban al máximo. Ella conducía con el rostro casi pegado al parabrisas, la visibilidad reducida a sombras. Y entonces... el impacto. Algo pasó por debajo del auto.
Se detuvo a un lado del camino, empapada, con la respiración cortada por el frío. Se arrodilló y buscó debajo del coche: nada. Pero un quejido la obligó a levantarse. A escasos metros, un hombre yacía sobre el asfalto. Su cuerpo temblaba. Tenía la ropa sucia, rota. El olor a alcohol era insoportable.
Laura se acercó. El hombre balbuceó: —Ayuda... ayu... Fueron sus últimas palabras.
La siguiente escena era otra. Sus manos arrastraban el cuerpo entre los árboles, tierra mojada bajo sus rodillas, su voz murmurando entre sollozos: —Lo siento… lo siento mucho…
Cavó con desesperación un hoyo superficial. La lluvia la castigaba sin tregua. Sus lágrimas se confundían con el agua. —¿Quién va a extrañarlo? Era solo… un accidente…
Su mente repetía esas palabras como un rezo oscuro. Estaba a punto de graduarse. Tenía una vida por delante. No podía arriesgarlo todo. No por eso.
Una hora después, volvía a casa cubierta de lodo. Entró por la cochera, se desnudó ahí mismo. Subió directo al baño. Restregó su cuerpo hasta dejarlo en carne viva. Se vistió rápido, limpió a conciencia su auto, metió la ropa sucia a la lavadora, preparó un té para calmar los nervios.
Sus padres no tardaban en volver del cine. Tenía que parecer serena. Normal.
Y así fue. Entraron. La saludaron como siempre. Ella fingió cansancio por los exámenes. Se acostó. Miró al techo durante horas, con el pecho en llamas. Intentó convencerse de que no fue su culpa. Que su vida valía más.
Nada apareció en las noticias. Se sintió
aliviada.
Días después celebraba su graduación con euforia. Su sueño se había cumplido.
Y entonces... El chasquido de unos dedos.
Todo desapareció. La libreta. La cama polvorienta. La casa abandonada.
Laura ya no estaba allí. Estaba en un cuarto blanco. Frío. Desnudo. Vestía un overol naranja. Sus muñecas, esposadas.
Una mujer la miraba frente a ella con expresión tranquila. —Bien hecho—dijo.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —gritó ella, llena de confusión y terror.
—Tranquila. Soy la doctora Ibarra, tu psiquiatra. Acabamos de terminar tu sesión de hipnosis. Acabas de reconstruir el incidente que te trajo hasta aquí.
Laura abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su rostro palideció. Una mueca de horror le deformó el rostro. Sus labios temblaban.
La doctora se levantó. —Nos vemos la próxima semana... en tu siguiente sesión. La puerta se cerró tras ella.
Del techo, un altavoz emitió un clic.
“Sesión completada. Gracias por compartir, Dra. Valderrama.”
Entonces se vio reflejada en el cristal. Y entendió que nunca fue Laura. Era Adriana Valderrama.
Miró al reloj: **3:33 p. m.**


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