Eran las diez de la noche y me disponía a ir a dormir. La luz de la luna llena atravesaba mi ventana, y podía ver las estrellas con una claridad que llenaba de calidez mi corazón.
Me acosté, y en cuanto apoyé la cabeza sobre la almohada, me quedé profundamente dormida. Entonces, la noche me habló con la voz de alguien que olvidé, y me llevó a un lugar donde podías tocar las nubes con solo alzar la mano.
El cielo era entre rosa y morado, un color que me envolvía con una tranquilidad inevitable. Los árboles caminaban, sus ramas largas repletas de pájaros que revoloteaban en círculos lentos. El césped era suave, como la cobija que tenía cuando era pequeña.
Las flores brillaban con colores que jamás había visto. Los ríos, de agua cristalina, cantaban al ritmo de los peces que se dejaban llevar por la corriente. Y en la cima de la montaña, un enorme castillo, con torres altísimas, resplandecía con tonos imposibles.
Corrí por el sendero. La enorme puerta de madera, tallada con delicadeza, se abrió sola. La voz... la voz se escuchaba más fuerte.
Subí, subí, subí las escaleras de mármol en forma de caracol… la escalera parecía no tener fin, pero la voz me empujaba hacia arriba. Cada paso hacía vibrar algo en mí. Al llegar al final del pasillo, vi una puerta abierta: la habitación me llamaba.
Sigilosamente me acerqué. La voz me dijo:
—Pasa, Erika. Te he estado esperando.
Una mueca de asombro. Una lágrima de memoria. Un latido que no había sentido en años.
Lentamente, me adentré a la habitación.
En el centro había un espejo. Hermoso. Un marco de oro, piedras preciosas incrustadas como si fuesen lágrimas de galaxia.
Y entonces la vi. Era ella. Siempre había sido ella.
La persona que más me amó en mi vida.
Quien me enseñó que la vida es mucho más que sobrevivir.
Sus ojos eran los mismos, pero en ellos habitaban siglos que yo no recordaba haber vivido.
Se veía tal como la recordaba: su cabello largo y negro, sus ojos alegres y llenos de sabiduría, sus dientes blancos como perlas, y esa ternura que siempre la caracterizó en vida.
El corazón se me apachurró al verla frente a mí y no poder abrazarla.
Entonces, unas hadas hermosas aparecieron a mi lado. Llevaban paños de seda de colores y, con manos suaves, limpiaron mis lágrimas.
—Tranquila, mi hermosa sobrina —me dijo ella—.
El tiempo llegará en que podamos estar juntas, detrás del espejo, y nos abrazaremos como lo hacíamos cuando eras una niña. Cuando llegue ese momento, no volveremos a separarnos.
Solo quería verte para decirte que lo has hecho bien.
Es hora de quitar de tu mente esos pensamientos de culpa, de soltar esa idea de que no has sido suficiente.
Necesito que sepas que siempre te veo, y que me siento muy orgullosa de ti.
Aún te falta mucho por hacer, mucho amor por dar… y yo estaré esperándote.
Tenemos toda la eternidad para reunirnos de nuevo.
Ahora sigue durmiendo, y mañana despierta con la certeza en tu corazón de que lo estás haciendo bien.
Te amé, te amo y te amaré por siempre.
Y entonces, el espejo brilló una vez más… y el castillo se desvaneció en una neblina dorada.
Me sentí liviana.
Seguí durmiendo.
Con el corazón un poco más lleno.


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