Wednesday, July 16, 2025

Reírse de uno mismo


Hace aproximadamente quince años, me subí a un autobús en Barranca del Muerto. En ese entonces, ya había perdido la costumbre de moverme en transporte público. Llevaba unas zapatillas abiertas de diez centímetros de alto —sí, diez centímetros— y el chofer del autobús no tenía precisamente la conducción más delicada (lo sé, sorprendente tratándose del transporte público de la Ciudad de México, ¿verdad?).

En una esquina, de la nada, otro camión se atravesó y el chofer frenó bruscamente. Yo, por supuesto, salí volando. Bueno, no literalmente, pero sí terminé en el suelo del autobús, sin equilibrio, sin gracia, y con la dignidad rota en tacones.

Un calor me subió desde el pecho hasta la cara. Me quedé paralizada por unos segundos, deseando que me tragara el asiento más cercano. Algunas personas se apresuraron a levantarme, mientras yo, vestida y arreglada, roja como un jitomate, intentaba recuperar algo de compostura. En ese momento no me causó la más mínima gracia. Hoy, en cambio, me muero de risa solo de recordar la escena.

Con el tiempo he aprendido que hay dos formas de enfrentar estas situaciones vergonzosas: con bochorno... o con humor. Y cuando veo a alguien reírse de sí mismo, en lugar de hundirse en la incomodidad, me parece admirable.

¿Qué será mejor? ¿Avergonzarnos o burlarnos de nuestro infortunio?

¿Sabías que los seres humanos somos de las pocas especies que se ríen? La risa, además de ser contagiosa, tiene una función más profunda: alivia, desactiva tensiones, humaniza. Si logramos reírnos de lo que nos pasa, las personas a nuestro alrededor lo harán también, y esa situación incómoda desaparecerá más rápido de lo que creemos.

El filósofo John Morreall propone que hace miles de años, la risa era una respuesta satisfactoria luego de librarse de un peligro. Yo le agregaría: o de una vergüenza pública en un camión lleno de desconocidos.

Morreall también sugiere que reírnos puede implicar ejercer poder: quien provoca la risa, tiene cierto control sobre el grupo. Así que si somos capaces de reírnos de nosotros mismos, retomamos el control, dejamos de ser víctimas de la mirada ajena y nos convertimos en narradores de nuestra propia comedia.

Y lo mejor: la risa beneficia al cuerpo, al corazón y a la mente. Así que, la próxima vez que tropieces, digas algo fuera de lugar o termines en el suelo con tacones de diez centímetros, no te tomes tan en serio.

Búrlate de ti mismo. Al fin y al cabo, ¿Quién mejor que tú para reírse de tus propias historias?

No comments:

Post a Comment