Si pudiera contar todas las veces que alguien me ha preguntado cuándo voy a "echar raíces", creo que no sabría ni cómo pronunciar ese número. La mayoría de las personas tiene una idea muy rígida de lo que eso significa, y —sin darse cuenta— esperan que los demás encajen en moldes que no eligieron.
¿Y si te dijera que el 6 de octubre de 1974 movieron un edificio entero en Bogotá? Puede sonar increíble, pero es real. El edificio Cudecom, de nueve pisos y 4,800 toneladas, estaba destinado a ser demolido. Sin embargo, al encontrarse en perfectas condiciones, el gobierno decidió trasladarlo. Con la ayuda de 400 personas, lograron lo que parecía imposible: mover un edificio entero sin destruirlo.
A veces pienso que somos como ese edificio. Podemos movernos, transformarnos, cambiar de ciudad o de vida… y aun así llevar nuestras raíces con nosotros. Porque las verdaderas raíces no siempre están en un sitio fijo, sino dentro de nosotros, en la armonía entre lo que deseamos y lo que hacemos para alcanzarlo.
Yo he aprendido que echar raíces no siempre significa quedarse quieta. A veces, echar raíces es tener el valor de moverse sin desarraigarte. Es construir hogar dentro de ti misma, saber quién eres aunque no sepas en qué coordenadas estás parada.
Es encontrar estabilidad en el cambio, pertenencia en el movimiento y profundidad incluso cuando estás en tránsito.
Hay raíces que no se ven, pero sostienen
igual.
Tal vez la clave no es dónde estás, sino qué te sostiene.
✍️ Nota
de autora
Escribí esto después de una conversación incómoda sobre “asentarme”. Me di cuenta de que muchos entienden la vida como algo que se planta y se queda. Pero yo creo en el movimiento con sentido. En elegir y reelegirme. En crecer donde haya luz, incluso si esa luz cambia de lugar.


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