Wednesday, July 9, 2025

Entre páginas y promesas


Mis páginas duermen bajo el peso de un candado, esperando que alguien vuelva a escuchar las voces que en ellas habitan.

El reloj marca las nueve de la noche. Una adolescente da las buenas noches a sus padres y hermanos, se retira a sus aposentos y, con extrema precaución, saca la libreta de pasta dura que con recelo resguarda debajo de su cama.

Toma la llave que cuelga de la cadena alrededor de su cuello, abre el candado y, con un profundo suspiro, toma el bolígrafo y comienza a escribir:

"¡Hoy fue un día maravilloso! Recibí mi primer beso. Fue mejor de lo que esperaba… un momento mágico."

Elizabeth era la menor de cuatro hermanos, la única mujer, por ello el diario con candado. Cada noche, antes de dormir, dedicaba una media hora a escribir lo que le había ocurrido en su día. A sus escasos catorce años tenía mucho que decir, pero nadie que escuchara. 

Algunas de sus entradas eran románticas, como su primer beso; otras, entusiastas, como cuando salió en el cuadro de honor; y algunas estaban marcadas por una profunda tristeza y desilusión.

Hoy nos introduciremos con sigilo en una de sus historias románticas: su primer amor. 

Siendo una adolescente, la única manera que conocía de amar era intensa y arrebatadora. Fidel fue su primer amor. Cada día lo buscaba entre la multitud a la entrada de la escuela.

Si la fortuna le sonreía, sus miradas se cruzaban con tierna complicidad entre los alborotados estudiantes que se dirigían a sus aulas. Si el destino se encaprichaba, tenían que esperar a la hora del receso para verse en el jardín.

Ambos corrían a su encuentro y, en la sombra de un suntuoso árbol, compartían los alimentos que sus madres les habían preparado. Entre pláticas, risas, miradas de complicidad y roces, pasaban lo que para ella eran los treinta minutos más esperados de su día.

Elizabeth se sentía enamorada, y sus pensamientos eran fieles al amor que aún no se habían profesado. Una tarde invernal, bajo el mismo árbol donde se veían cada día escolar, Fidel la miraba diferente: nervioso, tímido y un poco distraído.

—¿Todo bien? —preguntó.—Tengo que preguntarte algo... —respondió él.—Dime —contestó ella.

Con voz entrecortada por los nervios, le dijo:

—Sabes... todos los días, mi corazón se acelera cuando se acerca la hora de verte en el descanso. Mis manos sudan de los nervios y, de la nada, se dibuja una sonrisa en mi rostro al saber que el tiempo está cerca.

—A mí me pasa lo mismo —dijo ella—. Me tranquiliza saber que te sientes igual que yo…

—Liz... —la tomó de las manos— ¿te gustaría ser mi novia?

El tiempo se detuvo para ella. Su corazón estaba por salirse de su pecho enamorado, sus ojos se humedecieron un poco y, lanzándose a sus brazos, gritó:

—¡Sí! ¡Claro que quiero ser tu novia!

Ese día recibió su primer beso.

Con el paso de los días, todo iba de maravilla. Liz le escribía poemas de amor y él se las arreglaba para robar una rosa del jardín de sus vecinos y dársela cuando tenía oportunidad. Un amor de adolescentes lleno de esperanza y sueños.

Pero lo que Elizabeth no sabía era que Maribel albergaba una espina silenciosa: el deseo punzante de lo que ella tenía. Ninguno de los dos lo había notado, pero Maribel guardaba en silencio el amor que sentía por Fidel.

Una noche, Elizabeth enfermó y pasó toda la noche con temperatura, por lo que no pudo asistir a la escuela. Fidel la buscó ansiosamente a la hora de la entrada… y nada. Después, a la hora del descanso… y nada.

Sentado debajo del árbol donde siempre compartía con Elizabeth, una voz interrumpió sus pensamientos.

—Hola, Fidel —dijo Maribel.—Hola —contestó él.—¿Puedo sentarme contigo?—Adelante.

Maribel se sentó y Fidel no pudo evitar ver su encantadora belleza. Ella lo miró con una mirada coqueta y, entonces, él la besó.

Como era de esperarse, fue el tema de conversación de todos sus compañeros, ya que sabían perfectamente que era novio de Liz.

Al día siguiente, Liz se presentó a la escuela. Su mejor amiga, Gris, corrió a ella y, con voz agitada, le contó lo sucedido. Su primer sentimiento fue la negación. No podía creer que el amor de su vida la hubiera traicionado de tal manera.

Pero al final tuvo que aceptar que era cierto. Su tierno corazón se rompió en mil pedazos. La campana que anunciaba el inicio de las clases sonó a lo lejos y, sin poder llorar, se dirigió a su salón.

A la hora del descanso, como era lógico, Fidel la buscó. Intentaba explicar algo que para ella no tenía ninguna explicación. Lo dejó terminar de hablar y, sin decir una sola palabra, se alejó de él. Si había algo que Elizabeth jamás permitiría en su vida, era la deslealtad.

Y ese fue el día en que Elizabeth entendió el desamor… y a lo que se referían los adultos cuando hablaban de un corazón roto.

Muchos años después, mientras hacía limpieza, encontró una mochila vieja. Dentro de ella estaba su diario, Fue entonces cuando, como un susurro entre páginas, escuchó en su interior aquellas palabras…

"Soy el diario que el tiempo olvidó cerrar, un refugio de secretos y suspiros que aún laten en el silencio de una mochila vieja."

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